El aire en la hacienda quedó congelado. La tensión se podía cortar con la misma llave de encendido que Lorenzo acababa de entregarle a Alba. Los hombres de seguridad, vestidos de negro y fuertemente armados, intercambiaron miradas inciertas, manteniendo a duras penas al joven chofer, ensangrentado y agitado, lejos de la pareja.
El joven, respirando agitadamente con el pecho deshecho por los golpes y el miedo, apretó los puños. Las gotas de sangre que corrían por su frente se mezclaban con el sudor, pero sus ojos permanecían fijos en Lorenzo. No era solo rabia lo que sentía, era la impotencia de ver cómo la mentira volvía a ganar terreno.
—¡Conduzca usted si es tan valiente, señora! —gritó el joven, intentando liberarse del agarre del guardia—. ¡Súbase a ese vehículo y pise el freno en la primera curva del acantilado! A ver si llega viva a la carretera principal.
Alba dio un paso atrás, apretando la llave contra la palma de su mano. La serenidad estudiada de su rostro comenzó a desmoronarse por un instante, dejando ver una sombra de terror puro. Miró a Lorenzo con desesperación en los ojos.
—Lorenzo, mi amor, ¿de verdad vas a hacerle caso a un sirviente desquiciado? —dijo con la voz quebrada, impostando un dramatismo perfecto—. Míralo, está herido, seguro estrelló el auto por su propia imprudencia y ahora quiere culparme para no pagar los daños. ¡Saben cómo son esta clase de muertos de hambre!
Lorenzo no respondió de inmediato. Mantuvo la mirada fija en el rostro de su esposa, estudiando cada línea de expresión, el temblor casi imperceptible de sus labios y la marca roja en su mejilla. Luego, giró lentamente la cabeza hacia el chofer.
—Habla —ordenó Lorenzo con una voz fría y tajante que heló a todos los presentes—. Explícame exactamente qué pasó antes de que aparecieras corriendo por esa entrada.
El joven tomó aire, tratando de calmar el temblor de su voz.
—Salí a hacer la revisión de rutina del SUV negro, patrón, tal como usted me lo pidió esta mañana. Cuando abrí el capó para revisar los niveles, noté marcas frescas de grasa cerca del sistema hidráulico de los frenos. Al agacharme debajo de la transmisión, vi el líquido derramado sobre la piedra. Alguien cortó los manguitos deliberadamente. No fue un desgaste natural, señor. Fue un corte limpio.
—¡Miente! —interrumpió Alba, dando un taconazo contra el pavimento de la entrada—. ¡Está inventando todo esto! Lorenzo, vámonos de aquí. Nos están esperando en la gala del club empresarial, no tenemos tiempo para estas estupideces.
—Silencio, Alba —dijo Lorenzo, sin levantar la voz pero con una autoridad implacable.
Lorenzo caminó a pasos lentos hacia la camioneta estacionada a pocos metros. Los guardias abrieron paso. Se agachó en la parte delantera del vehículo y pasó dos dedos por el chasis inferior. Al levantarse, sus dedos estaban manchados de un líquido aceitoso y denso.
El hombre se limpió la mano con un pañuelo de seda que sacó del bolsillo de su saco. Su rostro era una máscara inexpresiva, pero sus ojos denotaban un cálculo frío.
—La señora tiene razón en algo —dijo Lorenzo de pronto, dejando pasmados a los presentes—. La cita de esta noche es de suma importancia para la fusión de la empresa. No podemos llegar tarde.
Alba dejó escapar un suspiro de alivio, una sonrisa victoriosa asomándose en la comisura de sus labios. Miró al joven con desprecio.
—¿Lo ves? Te dije que Lorenzo jamás caería en tus trampas. Ahora haz que la seguridad se deshaga de este mentiroso.
Pero la sonrisa de Alba duró apenas un segundo. Lorenzo caminó de regreso hacia ella y le arrebató suavemente la llave de las manos.
—Dije que la cita es importante, Alba… pero no dije que iríamos en ese auto.
Lorenzo le hizo una señal al jefe de seguridad.
—Llamen a los peritos mecánicos de la empresa y acordonen el vehículo. Nadie lo toca hasta que tenga un informe firmado en mi escritorio. Y tú —agregó señalando al joven chofer—, ve a la enfermería de la hacienda. Que te limpien esas heridas y te den ropa limpia. Tu lealtad no pasará desapercibida.
El joven asintió lentamente, desplomándose de alivio mientras los guardias lo soltaban con delicadeza.
Alba se quedó paralizada en medio de la escalinata. La palidez de su rostro era absoluta.
—Lorenzo… ¿qué estás diciendo? —susurró, con un hilo de voz.
—Estoy diciendo que si los frenos están intactos, como juras por tu vida, no tendrás problema en subirte a esa camioneta conmigo ahora mismo. Conduciré yo. Bajaremos juntos la colina por la ruta del precipicio, la misma que tomas cada viernes cuando dices que vas de compras.
Alba dio dos pasos hacia atrás, negando con la cabeza violentamente.
—Estás loco. No voy a subirme a ese auto. ¡Es peligroso!
—¿Peligroso? —preguntó Lorenzo, dando un paso hacia ella—. Pensé que el chofer era un mentiroso desquiciado. Si los frenos están bien, ¿a qué le tienes miedo?
—¡Es un complot! —gritó Alba, perdiendo los papeles por completo—. ¡Tú y ese miserable se pusieron de acuerdo para humillarme! ¡No pienso aguantar esta paranoia!
Alba intentó dar media vuelta para refugiarse dentro de la mansión, pero dos de los guardias de seguridad, siguiendo una orden no verbal de Lorenzo, le cerraron el paso en la puerta principal.
Lorenzo se acercó a ella hasta quedar a pocos centímetros de su rostro. Sacó su teléfono celular del bolsillo interno de su saco y presionó un botón en la pantalla. Un archivo de audio comenzó a reproducirse a través del altavoz.
“Asegúrate de que los frenos no aguanten más de diez kilómetros. Quiero que parezca un accidente trágico en la curva del cañón. Y que parezca que el chasis cedió solo…”
La voz de Alba resonó clara y nítida en el silencio de la tarde. La grabación era de apenas unas horas antes.
Alba se cubrió la boca con las manos, los ojos desorbitados por el horror. La máscara de elegancia y alta alcurnia había desaparecido por completo, dejando al descubierto a una mujer acorralada.
—Pensaste que nunca revisaba las cámaras de seguridad del despacho, Alba —dijo Lorenzo con una frialdad absoluta—. Pensaste que tenías todo bajo control. Pero olvidaste que en esta hacienda, la lealtad se paga con lealtad, y la traición se paga cara.
Lorenzo guardó el teléfono y miró al jefe de seguridad.
—Llamen a las autoridades. Entreguen las grabaciones, la evidencia del vehículo y mantengan a la señora bajo custodia en su habitación hasta que llegue la policía.
—¡Lorenzo, por favor! ¡Podemos hablarlo! ¡Fue un error, estaba desesperada! —gritaba Alba mientras los guardias la tomaban suavemente de los brazos para escoltarla hacia el interior de la residencia. Sus gritos se iban extinguiendo a medida que las pesadas puertas de madera se cerraban.
Lorenzo se quedó solo en la gran explanada de piedra, mirando hacia las montañas mientras el sol terminaba de ocultarse en el horizonte. Ajustó el puño de su camisa, tomó aire profundamente y caminó hacia el joven chofer, quien salía de la enfermería con un vendaje en la cabeza.
—Bien hecho, muchacho —dijo Lorenzo, poniéndole una mano firme sobre el hombro—. A partir de hoy, no eres más el chofer. A partir de hoy, trabajas directamente para mi seguridad personal.
El joven asintió con la cabeza, mirando cómo las patrullas a lo lejos encendían sus sirenas, bajando por la colina hacia la hacienda para poner fin a años de engaños.