PÍSATE EL VESTIDO Y OCÚLTATE: - Dramas de hoy

PÍSATE EL VESTIDO Y OCÚLTATE:

Capítulo 2: El Eco de los Pasos

El eco seco de los zapatos de piel sobre la madera pulida vibraba en el suelo, retumbando directamente contra el pecho de Sofía. Oculta bajo el pesado armazón de caoba de la cama matrimonial, con el vestido de novia envuelto tightly a su alrededor como una mortaja de encaje desgarrado, apenas se atrevía a expandir los pulmones. Cada exhalación era una traición potencial, un susurro de aire que podía delatar que aún respiraba.

A escasos centímetros de su rostro, los dos zapatos negros pulidos se detuvieron. Sofía apretó con ambas manos su boca, ahogando un gemido desesperado mientras una lágrima ardiente se abría paso entre la suciedad de su mejilla y caía lentamente hacia el suelo de madera. Podía oír el sonido sofocado de la tela de su traje de etiqueta, el peso de una presencia que dominaba por completo la habitación. La sombra de Mateo cubría el espacio entre la cama y el piso, sumergiéndola en una penumbra aún más helada.

El sonido metálico de un teléfono sonando rompió el sofocante silencio.

Los zapatos cambiaron de posición ligeramente. Mateo sacó el teléfono de su bolsillo interior. Sofía cerró los ojos con fuerza, esperando el instante en que él se agachara y la encontrara. Pero la voz de él brotó desprovista de cualquier emoción, fría, glacial y calculadora:

—Bueno… Ya está hecho.

A través de la oscuridad del suelo, Sofía sintió que la última chispa de esperanza se apagaba. Aquellas tres palabras no eran solo una confirmación; eran la sentencia definitiva. Mateo, el hombre con el que apenas unas horas antes planeaba jurar amor eterno ante un altar, acababa de culminar el plan que cambiaría sus vidas para siempre. No había sido un accidente, ni un trágico malentendido. La traición había sido cuidadosamente orquestada.

Mateo no se movió de inmediato. Permaneció allí parado durante unos segundos fatídicos, escuchando las instrucciones que venían desde la otra línea del teléfono. Sofía podía ver la tensión en sus tobillos, la postura rígida de alguien que no sentía el menor remordimiento por la carnicería emocional y física que acababa de desatar.

—Limpien el vestíbulo y asegúrense de que las puertas traseras queden abiertas —añadió Mateo con una tranquilidad estremecedora antes de colgar.

Sus pasos comenzaron a alejarse lentamente hacia la salida de la habitación. Cada pisada marcaba una distancia que a la vez le devolvía el aire a Sofía y la hundía en una realidad aterradora: estaba sola, atrapada en una red de mentiras y peligro, vestida para una boda que jamás ocurriría.

Cuando el sonido de la puerta principal al cerrarse confirmó que Mateo había abandonado la residencia, el silencio volvió a adueñarse de la mansión, pero no era un silencio pacífico; era el eco denso de una escena del crimen. Sofía esperó, contando mentalmente cada segundo hasta llegar a trescientos, asegurándose de que nadie más estuviera rondando los pasillos.

Lentamente, con las articulaciones entumecidas y los dedos temblorosos, comenzó a arrastrarse fuera de su escondite. El encaje blanco de su vestido, antes impecable y radiante, estaba manchado de polvo, holín y lágrimas. Al emerger por completo a la luz de la habitación, se puso de pie apoyándose contra el marco de madera de la cama. Sus piernas flaqueaban, amenazando con dejarla caer al suelo de nuevo.

Caminó hacia la ventana con cautela, manteniéndose oculta tras las pesadas cortinas de terciopelo. A través del cristal, vio la silueta del automóvil negro de Mateo alejarse a toda velocidad por el camino de grava, desapareciendo entre la densa niebla de la noche.

Sofía se miró en el espejo del tocador. Su rostro reflejado era el de una desconocida: los ojos enrojecidos, las mejillas marcadas por surcos de llanto y carbón, y la mirada impregnada de un terror puro que rápidamente comenzaba a transformarse en algo más duro, algo parecido a la determinación.

Las palabras de Mateo resonaban una y otra vez en su mente: «Ya está hecho». ¿A qué se refería exactamente? ¿Qué era lo que había ejecutado mientras ella buscaba refugio bajo la cama? Sabía que si permanecía en esa casa, cuando los «limpiadores» de Mateo llegaran, ella no saldría con vida. No podía volver con su familia; no sabía en quién confiar o si la red de Mateo alcanzaba incluso a sus allegados más cercanos.

Con manos torpes pero decididas, comenzó a desabrochar los pesados botones de la parte trasera de su vestido de novia. Se deshizo del velo y del corsé de encaje, dejándolos caer en el centro de la habitación como el despojo de una vida que acababa de terminar. Rápidamente abrió el armario, tomando unos pantalones oscuros, una chaqueta abrigada y botas de senderismo. Se recogió el cabello en un moño firme y buscó en los cajones su pasaporte y el dinero en efectivo que guardaba para imprevistos.

Antes de salir, echó un último vistazo a la habitación donde su futuro había sido destruido en cuestión de minutos. La novia asustada y desgarrada que había estado llorando debajo de la cama ya no existía. La mujer que salía por esa puerta tenía un solo objetivo: descubrir la verdad detrás de las palabras de Mateo y hacer que pagara por cada lágrima derramada.

Bajó las escaleras en penumbra, esquivando las sombras que proyectaban los candelabros del vestíbulo. Al llegar a la puerta trasera que Mateo había ordenado dejar abierta, se deslizó hacia la fría noche. El aire helado golpeó su rostro, espabilando cada uno de sus sentidos. Miró hacia la carretera oscura y se adentró en el bosque colindante, desapareciendo en las sombras mientras las sirenas de la policía comenzaban a escucharse a lo lejos, anunciando que el juego de Mateo apenas comenzaba, pero que ella ya no sería la víctima.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *