EL PRECIO DE TU MIRADA - Dramas de hoy

EL PRECIO DE TU MIRADA

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SECUENCIA DE ESCENAS:
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ESCENA 1: EL DESPACHO DE RODRIGO - NOCHE

Ubicación: Mansión de Las Lomas, Ciudad de México.
Ambiente: Iluminación claroscuro. Sombras proyectadas por los ventanales sobre la madera de caoba del escritorio.

El eco de la voz de Ximena retumba en los altavoces de alta fidelidad montados en la pared de caoba. Rodrigo permanece petrificado frente al monitor de alta definición de 85 pulgadas. La pantalla split-screen muestra dos ángulos de la habitación de Mateo: uno cenital que abarca la cama con dosel, y otro lateral, justo a la altura de la mirada de los personajes.

En el monitor, la imagen de Ximena sosteniendo las manos de Mateo con firmeza refleja una luz cálida sobre el rostro duro de Rodrigo. Las lágrimas contenidos en los ojos del magnate brillan bajo la tenue luz azul de los indicadores del sistema de seguridad.

RODRIGO
(Apretando el vaso de whisky que sostiene con la mano derecha; los nudillos se tornan blancos)
Ocho años sirvientas complacientes, terapeutas que lo miraban con lástima y médicos que solo veían un expediente... ¿Quién eres realmente, Ximena?

Rodrigo presiona un botón táctil sobre el escritorio de mármol negro. La pantalla cambia de toma, haciendo un acercamiento al perfil de Ximena. Rodrigo desliza el pulgar por el vidrio reflectante, contorneando la figura de la mujer.

RODRIGO (CONT.)
(En voz baja, dirigiéndose a la pantalla)
No voy a permitir que destruyas la coraza que le construí. Mateo no puede sufrir otra decepción. Si juegas con él... te destruyo.

Rodrigo apura el trago de un solo sorbo, deja el vaso sobre la madera con un golpe seco que retumba en el silencio del estudio y camina a pasos agigantados hacia la puerta secreta camuflada en la librería.


ESCENA 2: HABITACIÓN DE MATEO - CONTINUACIÓN

Ubicación: Recámara infantil de estilo villa elegante.
Ambiente: Luz cálida, tonos pastel en las paredes y juguetes de madera ordenados minuciosamente.

El silencio de la habitación es pausado y cómodo. Mateo afloja la fuerza con la que abrazaba al oso de peluche. La silla de ruedas motorizada emite un leve zumbido cuando el niño se echa un poco hacia atrás, evaluando la respuesta de Ximena.

MATEO
(Con un tono desafiante pero infantil, entrecerrando los ojos)
Los niños grandes no usan babero cuando comen, ni los llevan al baño como si fueran bultos. Los niños grandes deciden qué ropa ponerse.

XIMENA
(Sin levantarse del suelo, manteniendo las rodillas sobre la alfombra de lana)
Y los niños grandes tampoco se esconden detrás de sus peluches cuando tienen miedo de decir lo que sienten.

Mateo baja lentamente el oso, dejándolo sobre su regazo. Mira a Ximena a los ojos, sorprendido por la falta de conmiseración en la voz de la joven.

MATEO
Mi papá dice que la gente de fuera solo quiere nuestro dinero. Dice que todos mienten.

XIMENA
Tu papá tiene razón en protegerte, Mateo. Hay mucha gente fea allá afuera. Pero también hay reglas en esta habitación: aquí no vamos a mentir. Si algo te duele, lo dices. Si algo te molesta, me lo gritas. Pero jamás voy a decidir por ti lo que puedes o no puedes intentar hacer.

Mateo dibuja una diminuta y casi imperceptible sonrisa en la comisura de sus labios. Es la primera vez en dos años que alguien no le habla con la voz melosa del dolor.

MATEO
¿Me vas a enseñar a manejar el control remoto de la televisión de la sala? Mi papá lo dejó muy alto para que no lo alcance.

XIMENA
(Sonriendo con ternura)
Te voy a enseñar a usar un gancho para alcanzarlo tú solo. Nada de favores gratis.

La puerta de la habitación se abre de par en par con un chirrido metálico. La luz fría del pasillo corta el ambiente cálido del cuarto como una navaja.


ESCENA 3: HABITACIÓN DE MATEO - MOMENTOS DESPUÉS

Rodrigo se mantiene en el marco de la puerta. Su silueta imponente bloquea la luz exterior. Traje impecable, corbata de seda perfecta, pero la mirada delata una tormenta interna.

RODRIGO
(Voz grave, autoritaria, llenando todo el espacio)
Se acabó el tiempo de la entrevista, Señorita Gómez.

Ximena se pone de pie con elegancia, se alisa la blusa azul rey con un movimiento pausado y voltea a encarar al magnate. No agacha la cabeza ni baja la mirada.

XIMENA
Señor San Llorente. El niño y yo estábamos estableciendo los límites de la rutina diaria.

RODRIGO
(Caminando lentamente hacia el centro de la habitación, sus zapatos de cuero resuenan en la duela)
Los límites en esta casa los establezco yo. Mateo es un niño con necesidades especiales y requiere cuidados específicos, no teorías pedagógicas de universidad pública.

MATEO
(Interviniendo rápidamente, moviendo la palanca de la silla)
¡Papá, no! Ella no me trató como los demás. Ella dijo que...

RODRIGO
(Interrumpiendo a Mateo sin mirarlo, fijando su atención en Ximena)
Mateo, a tu cama. Ahora. La señorita y yo tenemos asuntos contractuales que discutir en privado.

XIMENA
(Poniéndose sutilmente entre Rodrigo y Mateo)
El niño no es un objeto de negociación, Señor San Llorente. Si tiene alguna objeción con mis métodos, podemos discutirlo afuera, pero no voy a permitir que le hable con ese tono enfrente de él.

Un silencio sepulcral invade la recámara. Los ojos de Rodrigo se dilatan por la sorpresa. Nadie en la mansión de Las Lomas, ni sus socios ni sus empleados, le ha hablado jamás con semejante firmeza. Un violín melancólico comienza a sonar sutilmente en el fondo musical.

RODRIGO
(Acercándose a Ximena hasta quedar a pocos centímetros de su cara, bajando la voz a un tono peligroso)
¿Tiene idea de a quién le está hablando, Ximena? Puedo hacer que no vuelva a trabajar en este país con una sola llamada.

XIMENA
(Sosteniendo la mirada, sintiendo el aroma al perfume costoso de Rodrigo)
Y usted tiene idea de lo que le está haciendo a su hijo. Puede comprar toda la tecnología del mundo, llenar esta casa de cámaras y monitores para vigilar cada segundo de su vida, pero no puede comprarle la confianza que le está quitando todos los días al tratarlo como a un inválido mental.

Rodrigo da un paso atrás, como si le hubieran dado un golpe físico. Aprieta la mandíbula. En su rostro se cruzan la furia, la culpa y una atracción incontrolable que intenta reprimir desesperadamente.

RODRIGO
Fuera de mi casa.

MATEO
(Gritando desde el borde de la cama, soltando el peluche al suelo)
¡Si ella se va, yo no me voy a volver a tomar las medicinas! ¡No voy a hacer la terapia física!

Rodrigo gira la cabeza hacia su hijo, visiblemente conmocionado. Mira a Mateo, luego mira a Ximena, cuya expresión de compasión y firmeza lo desarma por completo. La música escala en un crescendo dramático.

RODRIGO
(Con la voz quebrada por primera vez)
Mañana a las siete de la mañana, Señorita Gómez. Ni un minuto tarde. Si falla en lo más mínimo... estará fuera.

Ximena asiente lentamente con la cabeza, se agacha a recoger el oso de peluche del suelo, se lo entrega a Mateo en las manos y le susurra algo al oído antes de salir de la habitación, dejando a Rodrigo a solas con las sombras de su propio pasado.

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