El eco de los taconazos de Patricia sobre las piedras del callejón todavía resonaba en el aire caliente de la tarde, opacando el murmullo lejano de la música de despecho que salía de los parlantes de la Cantina La Cima. Don Anselmo se quedó paralizado en la silla de plástico rojo, con el sombrero de paja inclinado sobre las cejas y la jarra de cerveza a medio levantar, sintiendo cómo un frío helado le recorría la espalda a pesar del sofocante calor tropical. A su lado, Doña Martha, la supuesta socia de negocios que luciendo su vestido verde sin mangas sostenía el vaso de cerveza con una calma escalofriante, simplemente se limitó a dar un sorbo pausado, mirando el drama alejarse por la calle principal con una sonrisa entre burlona y divertida.
—Anselmo, si vas a ir tras tu mujer, mejor ve juntando tus cosas primero, porque esa mujer venía echando fuego por los ojos —dijo Martha, acomodándose el cabello con una soltura que terminó de descompensar los nervios del viejo.
—¡Ay, Madre Santísima! —exclamó Anselmo, dejando caer unas monedas arrugadas sobre el mantel a cuadros amarillos y azules—. ¡Patricia! ¡Esperá, Patricia, no seas impetuosa!
Levantándose de golpe, casi tumbando la mesa y el plato de chicharrones, Anselmo comenzó a correr torpemente por la acera. Sus zapatos de vestir resecos sonaban contra el piso mientras esquivaba a los vecinos que, atraídos por los gritos, ya asomaban la cabeza por las ventanas de las casas de bahareque y tejas rojas. En un pueblo pequeño como aquel, los chismes no volaban; corrían a la velocidad del rayo. Para cuando Anselmo llegó a la esquina del parque central, la mitad del pueblo ya sabía que la esposa del contador jubilado lo había atrapado «en pleno negocio» con la viuda Martha en la cantina del pueblo.
La persecución por el pueblo
Patricia no caminaba; marchaba con la determinación de un batallón militar. Su chaleco azul ondeaba al viento y la cartera de cuero marrón que llevaba colgada al hombro se balanceaba como un péndulo de venganza. Cada transeúnte que se cruzaba en su camino se hacía a un lado de inmediato al notar su rostro desencajado y sus dientes apretados.
—¡Escuchame una sola palabra, mujer de Dios! —gritaba Anselmo unos metros atrás, sosteniéndose el pecho con una mano porque el aire comenzaba a faltarle—. ¡Te juro por la memoria de mi santa madre que lo de la finca es verdad! ¡Martha me estaba ofreciendo el terreno de la loma para sembrar el café!
—¡Negocios! ¡Sí, cómo no, Anselmo! —respondió Patricia sin detenerse, girando apenas la cabeza con una mirada que podría haber derretido el concreto—. ¡Cincuenta años conociéndote para que me vengas a salir con que haces acuerdos comerciales tomándote una cerveza fría a plena luz del día y entre risitas coquetas! ¡Sos un descarado, un mentiroso y un cinicazo!
—¡Pero si la cerveza era para la sed! —suplicó el hombre, alcanzando a rozar la manga del chaleco azul antes de que ella le diera un manotazo implacable.
—¡A mí no me tocás con esas manos de traidor! —gritó ella en medio de la plaza principal, frente a la mirada atónita del párroco y del vendedor de cepillados de hielo.
Los murmullos estallaron de inmediato entre la gente. Las viejas del rosario que salían de la iglesia se persignaron al ver a Patricia gritar a pleno pulmón, mientras Don Anselmo quedaba de rodillas sobre el pavimento, intentando recuperar el aliento y implorando clemencia divina. Pero Patricia no miró atrás. Aceleró el paso, subió los tres escalones de la casa familiar, metió la llave en la cerradura con una furia desmedida, entró y cerró de un portazo que sacudió los cimientos de la edificación y levantó una polvareda en la sala.
El encierro y el maletín de la discordia
Anselmo llegó a la puerta apenas un minuto después, sudando a mares y con el sombrero arrugado entre las manos. Golpeó la madera nudosa con los nudillos hasta que le dolieron.
—Patricia, por favor, abrí. Todo el pueblo nos está mirando. Pensá en la reputación de la familia, pensá en los muchachos…
Al otro lado de la puerta, el silencio fue absoluto durante unos angustiosos segundos, hasta que se escuchó el sonido inequívoco de cierres cremallera abriéndose violentamente y cajones de madera siendo arrastrados por el suelo. Patricia estaba empacando.
—¡Aquí no hay nada que pensar! —gritó la voz de Patricia desde la alcoba principal, amplificada por el eco del pasillo—. ¡Cincuenta años ahorrando peso a peso para que te vayás a gastar el dinero de la pensión en complacer a la viuda alegre! ¡Decías que ibas al banco a tramitar la fe de vida y terminaste metido en la cantina más ordinaria de este pueblo!
—¡Pero si la cantina era el único lugar abierto a esta hora con sombra! —explicó Anselmo contra la rendija de la puerta, sintiendo cómo los transeúnte disimulaban la caminata para escuchar el desenlace—. Martha me citó ahí porque su abogado trabaja cerca. ¡Te lo juro por la luz que nos alumbra!
De pronto, una ventana del segundo piso se abrió de par en par. Anselmo levantó la vista justo a tiempo para ver cómo una maleta de cuero marrón —la misma que él había usado para su viaje de bodas cuatro décadas atrás— salía volando por el aire y aterrizaba con un golpe sordo sobre el césped del jardín frontal. Detrás de la maleta cayeron tres camisas de guayabera, dos pantalones de vestir y su par de zapatos de domingo preferidos.
—¡Ahí tenés tu ropa de negocios! —sentenció Patricia desde la ventana, con los ojos inyectados en sangre y la respiración agitada—. ¡Y si querés cenar esta noche, andá a pedirle a la socia tuya que te sirva un plato de sus famosas sopas! ¡A esta casa no volvés a entrar mientras me quede un soplo de vida!
La ventana se cerró de golpe, dejando a Don Anselmo solo en la acera, rodeado por sus pertenencias desparramadas y por la mirada inquisidora de Doña Carmen, la vecina chismosa del frente, que fingía regar unas plantas marchitas mientras no se perdiendo ni un solo detalle del escándalo.
La alianza inesperada
Derrotado, sin llaves y con la dignidad por los suelos, Anselmo comenzó a recoger sus guayaberas del césped. Sabía que discutir con Patricia cuando estaba en ese estado era como intentar apagar un incendio forestal echándole gasolina. Necesitaba pruebas concretas, documentos impresos y, sobre todo, un testigo imparcial que pudiera demostrar que la reunión en Cantina La Cima no era más que un acuerdo puramente financiero.
Sin más remedio, empacó sus cosas torpemente en la maleta averiada y caminó con paso cansado de regreso al centro. No podía ir a un hotel porque Patricia tenía la billetera principal con las tarjetas, y en su bolsillo solo le quedaban unos pocos billetes arrugados. Su única opción era buscar a la persona que había desatado aquella tempestad: Doña Martha.
La encontró en la oficina del notario del pueblo, sentada tranquilamente mientras leía una revista de variedades. Al ver entrar a Anselmo con la ropa arrugada, la maleta a medio cerrar y la cara desencajada por el drama, no pudo contener una carcajada sonora que hizo que el escribano levantara la vista de sus papeles.
—Véanlo no más… El gran empresario del pueblo terminó durmiendo en el parque —bromeó Martha, acomodándose en la silla de madera.
—No te rías, Martha, por el amor de Dios —suplicó Anselmo, dejándose caer en una silla contigua—. Patricia me echó de la casa. Tiró mis guayaberas por la ventana. Todo el pueblo cree que estoy teniendo un romance contigo y que me estoy gastando los ahorros de la familia. Necesito que vengas conmigo y le mostrés los papeles del contrato.
Martha dejó la revista a un lado y la expresión de su rostro cambió, mostrando por primera vez un toque de verdadera compasión.
—Anselmo, vos sabés muy bien que el contrato de compraventa del terreno de la loma es una sorpresa para ella —reveló Martha en voz baja—. Si le muestro los papeles ahora, se va a enterar de que querías regalarle esa hectárea para que montara su jardín de orquídeas por su aniversario de bodas. Arruinaríamos la sorpresa de los cincuenta años de casados.
—¡Prefiero arruinar la sorpresa del aniversario a pasar los próximos diez años durmiendo en la banca de la plaza o en el sofá de mi compadre! —exclamó el anciano, desesperado—. Además, si no le aclaramos esto hoy mismo, mañana por la mañana mi suegra resucita de la tumba solo para venir a recriminarme.
El juicio en el patio central
A las seis de la tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas y la brisa fresca del atardecer empezaba a recorrer las calles, una pequeña procesión marchó hacia la casa de los Concepción. A la cabeza iba Don Anselmo, sosteniendo su maleta de cuero; a su lado, Doña Martha portando una carpeta amarilla con sellos oficiales; y detrás de ellos, el notario del pueblo, Don Justo, quien había aceptado servir como mediador para evitar que la tragedia familiar terminara en un divorcio mediático en el tribunal municipal.
Al llegar a la puerta, Anselmo no tocó. Fue el notario quien golpeó tres veces con su bastón de madera contra la puerta principal.
—¡Patricia! —llamó el notario con voz pausada y profesional—. Soy Don Justo, el notario. Vengo en calidad de oficial público y testigo de honor. Se requiere su presencia para aclarar un asunto de extrema gravedad legal y personal.
La puerta se abrió apenas unos centímetros. La cara de Patricia apareció en la rendija, aún con los ojos rojos por el llanto retenido y la expresión dura. Al ver a Martha parada en su porche, intentó cerrar de inmediato, pero el notario colocó hábilmente la punta de su bastón en el marco.
—Escúcheme dos minutos, Doña Patricia —pidió el notario, sacando unas gafas de lectura del bolsillo de su saco—. Lo que ocurrió esta tarde en la cantina fue, efectivamente, una reunión de negocios. Pero no de la clase de negocios que usted sospecha.
Martha dio un paso al frente y extendió la carpeta amarilla hacia Patricia.
—Tome, Patricia. Lea usted misma —dijo Martha con un tono suave y respetuoso, muy lejano a la actitud provocadora de la tarde—. Anselmo lleva seis meses negociando conmigo la compra de la parcela alta de mi propiedad. No quería que nadie en el pueblo se enterara porque el notario y yo estábamos haciendo los trámites en secreto para que la escritura saliera a nombre suyo.
Patricia miró la carpeta con desconfianza. Dudó durante varios segundos, mirando alternativamente a su esposo, a la viuda y al notario público. Finalmente, extendió la mano temblorosa, tomó la carpeta y la abrió bajo la luz del farol de la entrada.
Allí, con sellos dorados y tinta negra, estaba el título de propiedad. La cláusula principal estipulaba claramente la transferencia del terreno a favor de Doña Patricia de Concepción, con una nota adjunta escrita a mano por el propio Anselmo: «Para mi Patricia, para que construya el invernadero de flores con el que siempre soñó desde que éramos jóvenes».
El silencio que siguió fue denso y revelador. A Patricia se le escapó un sollozo ahogado mientras se llevaba una mano a la boca. Miró los papeles, luego miró a Anselmo, que permanecía de pie en el jardín con la cabeza gacha, sosteniendo la vieja maleta descompuesta y con los zapatos cubiertos de polvo.
—¿El invernadero…? —susurró ella, sintiendo cómo una ola de culpa mezclada con alivio le recorría el pecho—. ¿Por eso estabas en la cantina con ella?
—Martha no podía ir a la casa porque vos sos muy observadora y te habrías dado cuenta de todo —explicó Anselmo con la voz quebrada—. Y el único lugar donde su abogado podía entregar los documentos a esa hora era cerca de la plaza… Tenías razón en enojarte por el lugar, pero jamás te engañaría, Patricia. Cincuenta años juntos no se cambian por nada ni por nadie en este mundo.
Patricia guardó el documento en la carpeta, se limpió una lágrima rebelde que le corría por la mejilla y miró fijamente a su marido. La furia de la tarde se había disipado por completo, reemplazada por una profunda vergüenza por el espectáculo que había armado frente a todo el vecindario.
—Bueno… —dijo Patricia, tratando de recuperar la compostura mientras abría la puerta de par en par—. Entren todos. Voy a colar un café fresco. Y vos, Anselmo, juntá tus guayaberas del jardín antes de que los perros del vecino las terminen de romper.
Mientras el notario y Martha entraban a la sala entre risas aliviadas, Anselmo suspiró profundamente, soltó la maleta en el corredor y miró hacia el cielo estrellado. Había sobrevivido al peor escándalo de su vida, pero estaba completamente seguro de que, a partir de ese día, jamás en la vida volvería a pisar la Cantina La Cima, ni siquiera para pedir un vaso de agua.