Capítulo 2: Sombras del Pasado y el Secreto de la Manada
El aire frente al rascacielos de la corporación pareció congelarse en un instante de pesadez insoportable. Las palabras de la pequeña Sofía resonaban en el cerebro de Mateo con la contundencia de un eco infinito. Sus ojos, antes firmes y fríos como el acero del edificio a sus espaldas, vagaban entre el tatuaje grabado en el antebrazo de Elena y el rostro humedecido por las lágrimas de la mujer que acababa de reencontrar.
—¿Luca?… ¿Mi hermano Luca?—balbuceó Mateo, sintiendo cómo el suelo bajo sus zapatos finamente lustrados amenazaba con ceder.
Elena contuvo un sollozo, apretando la mano de la pequeña contra su abrigo. La brisa de la tarde le despeinaba los mechones oscuros, revelando la mirada atormentada que había intentado ocultar durante más de una década.
—Él me dio ese dibujo la última noche que lo vi, Mateo —dijo ella con la voz quebrada, dejando salir el aliento contenido—. Me dijo que si algún día me encontraba en peligro o necesitaba recordar quién era, mirara ese diseño. Dos lobos. Un alfa y su guardián. Él me juró que jamás me dejaría sola, pero a la mañana siguiente… simplemente desapareció.
El impacto emocional fue un golpe devastador para Mateo. Hace trece años, Luca, su hermano gemelo y el hombre más leal que jamás había conocido, había sido dado por muerto en un extraño accidente automovilístico en la carretera de la costa. La policía cerró el caso rápidamente aduciendo que el cuerpo se había perdido en las violentas corrientes del mar. Aquella tragedia destrozó a la familia, empujando a Mateo a tomar las riendas de la empresa familiar con una frialdad y determinación implacables. Había cerrado su corazón al amor y a las debilidades, jurando dedicarse únicamente a consolidar su imperio. Y ahora, frente a él, la mujer a la que creía una simple ejecutiva recién contratada sostenía la clave de la mentira sobre la que había construido su vida.
—Venid conmigo. Ahora mismo. No podemos hablar de esto aquí fuera —ordenó Mateo, recuperando el tono imperativo aunque sus manos temblaban imperceptiblemente.
Guió a Elena y a la pequeña Sofía hacia el ascensor privado que conducía directamente al penthouse de la torre corporativa. Durante el veloz ascenso en silencio, Sofía miraba fijamente la muñeca de su madre y luego los ojos de Mateo. A pesar de su corta edad, la niña parecía percibir la electricidad en el ambiente y la innegable similitud entre la energía de aquel hombre imponente y los recuerdos fragmentados que su madre solía susurrarle antes de dormir.
Al entrar en la majestuosa oficina, Mateo cerró la puerta con llave y se despojó del saco del traje, arrojándolo sobre un sillón de cuero. Se acercó a su escritorio de caoba y presionó un botón oculto en el marco del cuadro principal. Un compartimento secreto se abrió, dejando al descubierto una caja de metal pulido. Con manos temblorosas, extrajo un cuaderno de notas antiguo y gastado.
—Ese tatuaje no es un simple diseño artístico, Elena —dijo Mateo, volviéndose hacia ella mientras abría el cuaderno en una página específica—. Es el emblema de la Orden del Lobo Negro, un pacto de protección familiar que solo Luca y yo conocíamos. Mi hermano no se dibujó esto a sí mismo; fue el sello que grabamos juntos cuando éramos jóvenes para jurar la defensa de nuestra linaje.
Elena dio un paso atrás, llevándose la mano a la boca.
—Entonces… ¿por qué Luca me dijo que ese lobo pequeño representaba a su guardián?
—Porque Luca sabía que su vida corría peligro —explicó Mateo con la mirada encendida por una mezcla de rabia y revelación—. Hace trece años, nuestra familia estaba siendo extorsionada por la mafia corporativa de los Rossi. Luca descubrió que había un topo en nuestro consejo directivo. El día antes de su «accidente», me dijo que había puesto a salvo lo más valioso de su vida. Yo nunca entendí a qué se refería… pensaba que hablaba de los documentos de la empresa o de las acciones confidenciales. Jamás me imaginé que se refería a ti… ni mucho menos que tú llevabas a su hija en tu vientre.
Las lágrimas corrían libremente por las mejillas de Elena.
—Él me protegió… Me mandó al extranjero con una identidad falsa y suficientes recursos para empezar de nuevo, pero sin darme explicaciones para no ponerme en riesgo. Cuando me enteré de su muerte por los periódicos, sentí que me moría con él. Durante años crié a Sofía creyendo que el único vínculo que me quedaba de Luca era este tatuaje… y esta niña.
Sofía tiró suavemente del abrigo de su madre y preguntó con voz dulce pero inocente:
—Mamá… ¿el señor del traje es el hermano de mi papá?
Mateo se arrodilló lentamente hasta quedar a la altura de los ojos de la niña. Por primera vez en trece años, el semblante rígido del implacable magnate se desmoronó por completo. Miró los rasgos de la pequeña: la forma de sus cejas, la chispa de curiosidad en su mirada, la postura firme. Era la copia fiel de Luca. La sangre de su hermano fluía viva frente a él.
—Así es, pequeña —dijo Mateo, luchando por mantener la compostura mientras una lágrima solitaria surcaba su mejilla—. Soy tu tío Mateo. Y te prometo que a partir de hoy, nadie en este mundo volverá a hacerles daño ni a ti ni a tu mamá.
Sin embargo, el emotivo momento fue interrumpido bruscamente por el zumbido sordo de su teléfono personal, una línea privada cuya existencia solo conocían tres personas en el mundo. Mateo se puso de pie y contestó.
—Mateo —resonó una voz distorsionada y helada al otro lado de la línea—. Veo que finalmente has reunido las piezas del rompecabezas. Es una pena que Elena haya decidido regresar a la ciudad justo cuando estábamos a punto de cerrar el trato comercial más importante de tu vida.
El rostro de Mateo se volvió pálido y luego rojo de furia.
—¿Quién habla? —demandó con tono amenazante.
—Alguien que creías muerto hace trece años… o tal vez alguien que orquestó la caída de tu querido hermano. Si aprecias la vida de tu sobrina y de la mujer que lleva el sello en su piel, entregaras las acciones de la corporación antes de la medianoche. Si intentas llamar a la policía, el secreto de la muerte de Luca saldrá a la luz, y destruiré todo lo que tu hermano intentó proteger.
La llamada se cortó abruptamente. Mateo apretó el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Elena lo miró con pánico en los ojos, comprendiendo de inmediato que la sombra que la había perseguido durante más de un decenio finalmente los había alcanzado a todos.
—¿Qué vamos a hacer, Mateo? —susurró Elena, abrazando a Sofía contra su pecho.
Mateo miró el grabado de los dos lobos en el cuaderno, luego observó el tatuaje en el brazo de Elena y, finalmente, fijó los ojos en su sobrina. Un fuego antiguo, el mismo que compartía con su hermano gemelo, se encendió en su pecho. La era de esconderse había terminado.
—Durante trece años creí que estaba solo en esta pelea —declaró Mateo con determinación inquebrantable—. Pero el guardián de la manada no ha muerto. Luca me dejó la responsabilidad de proteger lo que más amaba, y no voy a fallarle. Prepárate, Elena. Esta noche vamos a cazar a los fantasmas del pasado.