El polvo de la Frontera Cero no era arena, sino residuo de silicato oxidado que la megaciudad de Puerto Príncipe expulsaba por sus turbinas gigantes. Corría el año 2184, y la isla de Quisqueya estaba dividida no por un río, sino por una muralla de contención magnética.
En los suburbios de lo que alguna vez fue Haití, la luz natural era un lujo extinto. La vida transcurría bajo el resplandor violeta de los anuncios holográficos de la Corporación Bio-Sintética. Allí malvivían seis jóvenes cibernautas, conocidos en el bajo mundo como Los Chatarreros:
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Dante: El líder, un muchacho de diecinueve años con un ojo biónico defectuoso que proyectaba interferencias en verde.
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Kenia: La hacker del grupo, cuyos dedos terminaban en agujas de transmisión de fibra óptica.
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Sloane: El mecánico, un gigantón silencioso que reemplazó sus pulmones incinerados por dos filtros de gas de aire comprimido.
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Milo: El especialista en infiltración, un niño de quince años capaz de dislocar sus articulaciones para colarse por los ductos de ventilación.
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Rox: La contrabandista, experta en pilotar drones y negociar con las mafias del mercado negro.
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Lian: El analista, un joven neurótico con un conector cortical expuesto en la nuca, obsesionado con la historia biológica del planeta.
Para el resto del mundo, los animales reales eran mitos de los libros de texto digital. Un perro era una leyenda; un pájaro, un recuerdo encriptado. Pero para la Corporación, la biomasa pura significaba billones de créditos. Por eso, cuando Lian interceptó una señal codificada desde la mansión flotante del Gobernador Alpha en el distrito alto de Haití, el grupo no podía creerlo.
—No es una quimera sintética —murmuró Lian, acariciándose el conector de la nuca mientras los datos azules flotaban en sus pupilas—. Es ADN puro, sin modificaciones. Un Felis catus. Un gato de pelaje negro y ojos amarillos. El último mamífero doméstico no clonado del Caribe.
El plan era absurdo, pero la recompensa en el mercado negro de Santo Domingo Les pagaría el pasaje de salida de la zona de smog para siempre.
La noche de la infiltración, la lluvia ácida caía en rachas pesadas sobre los techos de titanio. Desde el tejado adyacente al complejo del Gobernador, Rox desplegó un dron de distorsión electromagnética que cegó las cámaras térmicas del perímetro durante un lapso exacto de sesenta segundos.
—¡Es hora! —susurró Dante, ajustando la lente de su ojo mecánico.
Milo se descolgó por el túnel de evacuación de plasma con la agilidad de una sombra. Usando sus manos magnéticas, desactivó la celda electrostática del vestíbulo central. Uno a uno, el resto del grupo descendió en silencio. Sloane custodiaba la retaguardia con su compresor de aire listo para lanzar ráfagas aturdidoras, mientras Kenia inyectaba virus lógicos en el sistema de seguridad central para mantener las puertas blindadas abiertas.
En el centro de una cúpula de cristal climatizada, descansaba el objetivo. No medía más de cuarenta centímetros. Su pelaje era denso, oscuro como el vacío espacial, y dormía sobre una almohada de seda orgánica.
—Es hermoso… —susurró Rox, acercándose con cautela.
Al sentir la presencia, la criatura abrió dos orbes dorados. No emitió un zumbido hidráulico ni pestañeó con luces LED. Lanzó un maullido, un sonido suave y primitivo que retumbó en los oídos de los jóvenes como un eco de un mundo antiguo que ellos jamás conocieron.
Lian metió al animal con delicadeza en una cápsula de contención biológica con soporte vital.
—¡Tenemos la carga! —exclamó Dante—. ¡Fuera!
Pero el virus de Kenia colapsó antes de tiempo. Las sirenas de la Corporación comenzaron a aullar con un chasquido ensordecedor. Las luces rojas de emergencia bañaron el complejo y las compuertas de titanio descendieron de golpe, cortando la ruta de escape de Milo.
—¡Sloane, la puerta! —gritó Kenia mientras luchaba contra el cortafuegos central.
Sloane encajó sus brazos mecánicos debajo de la plancha metálica y activó los servomotores al máximo. El metal rechinó con furia mientras los músculos sintéticos del gigante se tensaban al borde del colapso.
—¡Pasen! —gruñó Sloane, vomitando humo por sus filtros.
Los jóvenes se deslizaron uno a uno bajo la compuerta. Milo pasó al final, justo cuando el sistema aplastó los brazos metálicos de Sloane, obligándolo a desconectarse de sus extremidades hidráulicas para escapar con vida.
Perseguidos por drones cazadores y guardias androides con rifles de plasma, Los Chatarreros corrieron por los túneles subterráneos de la red de alcantarillado. El gato, a salvo dentro de la cápsula en el pecho de Dante, permanecía tranquilo, mirando a través del polímero transparente con curiosidad casi divina.
Llegaron a la orilla del río de drenaje que dividía la frontera. Al otro lado, un aerodeslizador clandestino los esperaba para transportarlos a Santo Domingo.
—¿Creen que irán a prisión si los atrapan? —preguntó Milo, respirando agitadamente mientras escuchaba el pisoteo pesado de los androides acercándose por los túneles.
—Para la Corporación, no robamos un animal —respondió Lian, ajustando el sello de aire de la cápsula—. Robamos el código genético original de la vida en la isla. Si nos atrapan, no iremos a una celda común. Nos desmantelarán célula por célula para borrar el precedente.
Dante miró a la criatura dentro de la cápsula. El pequeño gato levantó una pata y tocó el cristal, justo en la línea de visión del ojo biónico del muchacho. Por un instante, entre el código de interfaz de su lente cibernético y el reflejo dorado del animal, Dante no vio un botín de billones de créditos. Vio el último fragmento de alma que le quedaba a un planeta devastado por la tecnología.
—No vamos a venderlo —declaró Dante de repente.
—¿Qué? —exclamó Rox—. ¡Es nuestro billete para salir de este infierno!
—Si se lo vendemos a los contrabandistas de Santo Domingo, terminará en el laboratorio de otro corporativo o disecado en la pared de un millonario —dijo Dante mirando a sus amigos—. Este gato pertenece al ecosistema, no a sus redes de datos.
Kenia miró a Sloane, quien asentía en silencio mientras ajustaba sus muñones metálicos. Lian sonrió, comprendiendo la paradoja: robar a los poderosos los convertía en criminales para la ley corporativa, pero devolver la vida a la naturaleza los convertía en algo más.
Rox suspiró, sacando la consola de control de su dron.
—Está bien. Pero si terminamos en una colonia penal en la órbita terrestre, juro que los perseguiré a todos.
Dante presionó el liberador manual de la cápsula. El gato negro salió despacio, pisando la tierra oxidada de la frontera. Olfateó el aire saturado de ozono, miró a los seis jóvenes una última vez con sus profundos ojos amarillos y se internó con agilidad entre las sombras de las ruinas boscosas que crecían fuera del alcance de la muralla magnética.
A lo lejos, los focos de las naves de seguridad iluminaron el túnel de escape. Los seis jóvenes se pusieron de pie, hombro con hombro, frente a la luz abrasadora de los perseguidores. No tenían armas y les esperaba la captura inminente, pero mientras escuchaban el distante eco de un maullido perdiéndose en la libertad de la noche, supieron que habían cometido el único delito que realmente valía la pena.