El eco del brindis de café aún resoplaba levemente en el ambiente cuando la llamada telefónica del celular sobre la mesa se cortó. Sin que ellas lo supieran, Don Ernesto no estaba durmiendo tan profundamente como aparentaba. El crujido de la hamaca en el corredor interrumpió abruptamente los susurros de las dos mujeres. Un silencio denso se apoderó de la cocina mientras los pasos lentos pero firmes del anciano avanzaban hacia la entrada.
Don Ernesto cruzó el marco de la puerta, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz. En su rostro no había ira desbordada, sino una calma fría y serena, la misma frialdad con la que durante cuatro décadas había construido cada metro de su hacienda y levantado sus empresas. Miró fijamente el par de tazas sobre la mesa y luego a las dos mujeres, cuyos rostros habían perdido todo el color en cuestión de segundos.
—Un café bastante amargo el que se estaban tomando, ¿no? —dijo Don Ernesto con voz pausada, arrastrando una silla de madera para sentarse justo frente a ellas.
Ninguna de las dos fue capaz de responder. La que vestía la blusa verde intentó esbozar una sonrisa nerviosa, pero las palabras se le congelaron en la garganta. La otra simplemente bajó la mirada, incapaz de sostener la inspección glacial del viejo patriarca.
—Escuché perfectamente cada palabra —continuó Don Ernesto, apoyando sus manos arrugadas sobre la mesa de madera masiva—. Hablaban de camionetas, de terrenos, de papeles por firmar y de una herencia que ya daban por asegurada mientras yo dormía «como un angelito». Es curioso cómo la ambición hace que la gente olvide quién construyó la mesa sobre la cual están sentadas.
El anciano tomó el teléfono celular que yacía junto a las llaves de la camioneta. Presionó la pantalla y mostró la grabación en curso o la llamada abierta que había captado toda la conversación.
—Afortunadamente, los años no vienen solos, vienen con algo de astucia —agregó el anciano—. No sólo escuché sus planes en vivo, sino que todo lo que dijeron ha quedado registrado y enviado directamente a mi abogado, el doctor Mendoza.
Don Ernesto extendió el brazo y tomó lentamente las llaves de la camioneta que estaban sobre la mesa, guardándolas en el bolsillo de su guayabera.
—Hablaban de la nave, de entrar al conjunto con la camioneta nueva… Bueno, me temo que esa camioneta cambiará de dueño a partir de esta misma tarde. Mañana temprano he citado a Mendoza para reestructurar por completo mi testamento. Ni esta casa, ni la hacienda, ni un solo peso de mis cuentas pasará a manos de quienes cuentan los días para mi muerte.
La tensión en la habitación se podía cortar con un cuchillo. La mujer de blusa verde intentó balbucear una disculpa, asegurando que solo era una broma de mal gusto, un comentario sin importancia tomado fuera de contexto. Sin embargo, Don Ernesto levantó una mano, pidiendo un silencio absoluto que no admitía réplica.
—Las palabras pronunciadas con tanta codicia no son bromas —sentenció él—. Son la muestra clara de lo que hay en el corazón. He trabajado toda mi vida para dejar un legado a personas que valoraran la familia, el esfuerzo y la lealtad, no a quienes celebran por anticipado la herencia como si fuera un botín de guerra.
El viejo se puso de pie con parsimonia, demostrando una energía que minutos antes parecía dormida bajo el sol de la tarde. Se acercó a la alacena, tomó una taza limpia y se sirvió un poco del café caliente del pichel de cerámica.
—El carro que las trajo hasta aquí sigue afuera. Tienen exactamente media hora para recoger sus pertenencias de las habitaciones y abandonar la propiedad. Mi chofer las llevará a la ciudad y, a partir de este momento, cualquier comunicación sobre este tema o sobre mi patrimonio se hará únicamente a través del despacho del abogado Mendoza.
Las dos mujeres, completamente abatidas y despojadas de la arrogancia con la que brindaban minutos antes, se levantaron en silencio de la mesa, entendiendo que no había margen para la negociación ni para el chantaje emocional. El plan para repartirse los bienes se había desmoronado por completo en menos de cinco minutos.
Don Ernesto caminó de regreso hacia el corredor, sintiendo el aire fresco de la montaña. Dio un sorbo a su café, sonrió levemente para sí mismo al contemplar el horizonte de sus tierras y se acomodó nuevamente en la hamaca, sabiendo que finalmente disfrutaría de una verdadera tarde de paz.