El peso de las palabras del pequeño retumbó en las paredes de concreto del gimnasio como el eco amortiguado de un impacto devastador. Manolo sintió cómo se le congelaba la sangre en las venas. La toalla de microfibra, aún tibia por el sudor de su entrenamiento, resbaló lentamente de sus dedos ásperos y cayó al suelo cubierto de polvo. Los puños que en sus años de gloria habían derribado a gigantes en cuadriláteros de toda Europa ahora temblaban levemente, presa de una emoción que creía extinta hacía más de una década.
—¿Galbo…? —susurró Manolo, con la voz desgarrada y grave, apenas capaz de articular el nombre que durante tanto tiempo intentó sepultar en el olvido—. ¿Tú eres… el hijo de Galbo Santos?
El niño, firme sobre sus pequeños pies con deportivas gastadas, asintió con la cabeza. No había miedo en sus ojos oscuros; solo una determinación madura e impropia para su corta edad. Extendió aún más el brazo, ofreciendo el brazalete de plata labrada con el emblema del club de boxeo tradicional. Manolo rozó la fría superficie metálica con la yema de sus nudillos callosos. Conocía perfectamente ese grabado, las muescas laterales y la fecha inscrita en el reverso. Era el trofeo simbólico que él mismo le había regalado a Galbo la noche en que ambos compartieron el vestuario por última vez.
—Mi madre me dijo que te buscara aquí —continuó el niño, manteniendo la mirada fija en el experimentado entrenador—. Dijo que si mi padre decidía subir al ring esta noche en el gran coliseo contra «El Martillo» Vane, la única persona capaz de hacerlo entrar en razón, o de evitar que saliera de allí en una camilla, eras tú. Dijo que tú eras el único que conocía el verdadero precio de sus victorias.
Manolo apretó los dientes, sintiendo una punzada de culpa punzante en el pecho. Galbo Santos había sido su mayor promesa, su mejor pupilo y, en muchos sentidos, el hijo que nunca tuvo. Sin embargo, el orgullo, un amargo desacuerdo financiero y el ego desmedido de la noche que rodea al negocio del boxeo los habían separado de forma tajante hacía siete años. Desde entonces, Galbo había ascendido rápido en el circuito profesional, desgastando su cuerpo a pasos agigantados, aceptando peleas peligrosas y arriesgándolo todo por promesas de gloria que poco a poco se convertían en deudas inalcanzables. Y ahora, según el muchacho, Galbo estaba a punto de enfrentarse al peleador más despiadado de la categoría, un nocaut seguro para cualquiera que no estuviera al cien por cien de sus capacidades físicas.
—¿Dónde está tu padre ahora mismo, chaval? —preguntó Manolo, poniéndose de pie de un salto con una agilidad renovada que sorprendió incluso a los jóvenes boxeadores que entrenaban en los sacos contiguos.
—En el vestuario del Coliseo Central —respondió el niño, apretando el brazalete contra su pecho—. Faltan menos de dos horas para que empiece la pelea principal. Intente detenerlo, señor Manolo. Mi padre ya no es el de antes. Apenas puede mantener la vista clara en las mañanas… pero no quiere escuchar a nadie.
Manolo no necesitó escuchar más. Agarró su vieja chaqueta de cuero gastada del perchero de metal, se la echó a los hombros y miró al niño.
—Vamos, pequeño. No dejamos a la familia tirada, ni siquiera cuando es lo suficientemente tonta como para meterse sola en la boca del lobo.
El trayecto hacia el Coliseo Central transcurrió en un silencio tenso, solo interrumpido por el rugido del motor del viejo vehículo de Manolo y el murmullo lejano de la ciudad iluminada por luces de neón. Mientras conducía, los recuerdos se agolpaban en la mente del viejo entrenador: las miles de horas de entrenamiento al amanecer, el sonido constante de las cuerdas al saltar, los vendajes perfectos y las victorias celebradas con abrazos efusivos en vestuarios llenos de vapor. Galbo no era solo un peleador; era un guerrero con el corazón demasiado grande para su propio bien.
Al llegar a las inmediaciones del pabellón, el ambiente estaba cargado de electricidad. Banderolas gigantes con el rostro de «El Martillo» Vane colgaban de los pilares de hormigón. La multitud acudía en masa, sedienta de un espectáculo brutal. Manolo guio al muchacho atravesando las entradas de servicio, esquivando al personal de seguridad con la autoridad implacable que solo poseen las viejas leyendas del deporte. Nadie se atrevió a cerrarle el paso cuando irrumpió por el pasillo subterráneo que conducía a los vestuarios de los púgiles.
Llegó a la puerta marcada con el nombre de Galbo Santos. La madera crujió cuando Manolo la empujó de golpe sin llamar.
En el interior, iluminado por una luz fluorescente fría y parpadeante, un hombre alto, de espaldas anchas y marcadas por cicatrices de antiguas batallas, se vendaba las manos con precisión casi quirúrgica. Tenía la cabeza gacha, respirando rítmicamente, sumergido en ese trance solitario antes de subir al cuadrilátero. Junto a él, un mánager de traje caro y mirada codiciosa revisaba un contrato sobre una mesa de metal.
—Te dije que no quería visitas antes de la pelea… —dijo Galbo con voz ronca, sin levantar la vista.
—Ni siquiera si la visita viene a decirte que te estás comportando como un absoluto imbécil, ¿verdad, Galbo? —intervino Manolo desde la puerta, cruzándose de brazos.
Galbo se congeló en el acto. La venda quedó a medio enrollar en sus nudillos. Al levantar la cabeza, sus ojos mostraron una mezcla instantánea de sorpresa, vergüenza y una profunda sombra de cansancio acumulado durante años. Detrás de Manolo, el niño dio un paso al frente, mostrando nuevamente el brazalete metálico.
—¿Manolo…? ¿Qué haces aquí? —musitó el boxeador, mirando desorientado a su hijo y luego a su antiguo mentor—. Les dije a ti y a tu madre que se quedaran en casa. Esto es algo que debo resolver solo.
—No vas a resolver nada subiendo ahí arriba en esas condiciones, hijo —dijo Manolo, acercándose con paso firme hasta quedar a escasos centímetros de él. Tomó las manos vendadas de Galbo y las examinó con mirada experta. Los temblores sutiles en los dedos y la hinchazón en las articulaciones no se le escaparon—. Mírate. Apenas puedes cerrar el puño. Ese tipo te va a destrozar y lo sabes. No estás peleando por gloria, estás peleando por desesperación.
—¡Tengo deudas que pagar, Manolo! —estalló Galbo, poniéndose de pie e imponiendo su altura, aunque la fatiga era evidente en su postura—. Si no gano este combate, la promotora nos quita todo. El piso, la academia, el futuro de mi hijo… Es mi última oportunidad. No tengo otra opción.
—Siempre hay otra opción cuando estás vivo —sentenció Manolo, bajando el tono pero aumentando la intensidad de sus palabras—. Pero si subes a ese ring a recibir golpes sin ver venir los ganchos, no habrá futuro que asegurar. Te enseñé a pelear con la cabeza, no con la desesperación. Si vas a subir ahí fuera, no lo harás solo como un perro abandonado.
El mánager intervino, intentando apartar a Manolo, pero el viejo entrenador le dirigió una mirada tan glacial que el hombre dio dos pasos hacia atrás en silencio.
Manolo se quitó la chaqueta, se arremangó las mangas de su camisa y tomó los rollos de cinta adhesiva de la mesa. Miró fijamente a Galbo a los ojos, reconociendo en el fondo de su pupila el mismo destello de pasión que vio la primera vez que el muchacho pisó su gimnasio siendo apenas un adolescente.
—Tu mánager no sabe nada de tu esquina, y no tiene idea de cómo neutralizar el alcance de Vane —dijo Manolo mientras comenzaba a rehacer el vendaje de las manos de Galbo con maestría legendaria—. Yo voy a estar en tu esquina esta noche. No te prometo que vaya a ser fácil, ni que salgas sin marcas. Pero te prometo una cosa, Galbo: si escuchas mi voz entre el ruido del público, vas a salir caminando por tu propio pie y con la dignidad intacta.
Galbo contempló las manos de su mentor trabajando con la misma firmeza y cuidado de antaño. Una lágrima solitaria surcó la cara marcada del boxeador, quien asintió en silencio antes de mirar a su hijo, que sonreía con esperanza desde la puerta.
El sonido de la campana lejana anunció que el evento principal estaba a punto de comenzar. La historia no había terminado; la verdadera batalla, la que definiría el destino de tres generaciones, estaba a punto de librarse bajo las luces deslumbrantes del cuadrilátero.