El eco del portón de madera al cerrarse resonó en la calle desierta como el golpe de una sentencia. Carmen caminó apresuradamente hacia su auto, conteniendo el aire, con los ojos empañados. El llanto desgarrador de su hijo de ocho años, Mateo, aún le taladraba los oídos: «¡No mamá, no quiero quedarme con el abuelo! ¡Siempre hay gente extraña en su casa!».
Se subió al auto, encendió el motor y apoyó la frente contra el volante. Una punzada de culpa le partía el pecho. Tenía que ir a trabajar; su empleo como administradora en una fábrica textil era el único sustento que les quedaba desde que su esposo los abandonara dos años atrás. Su padre, don Braulio, un hombre taciturno, jubilado y de pocas palabras, se había ofrecido a cuidar al niño las tardes en que ella debía cubrir horas extras. Al principio pareció la solución perfecta, pero en las últimas semanas, Mateo se había transformado. Dejó de sonreír, sus notas bajaron y cada tarde se convertía en una batalla de súplicas y lágrimas antes de cruzar ese umbral.
Carmen miró el reloj del tablero. Iba tarde. Convenciéndose a sí misma de que las palabras de Mateo eran solo la imaginación desbordada de un niño que no quería estar lejos de su madre, pisó el acelerador. Sin embargo, una corazonada oscura, un instinto visceral que ninguna madre debería ignorar, comenzó a crecer en su estómago como un veneno.
Mientras tanto, del otro lado de la pesada puerta, el ambiente en la casa de don Braulio era denso y asfixiante. En cuanto Carmen se marchó, el llanto de Mateo se cortó de golpe. El miedo lo había petrificado.
—Camina hacia la sala, Mateo —ordenó la voz ronca y seca de don Braulio.
El anciano no lucía como el típico abuelo cariñoso. Llevaba su eterno chaleco de rombos y una mirada fría, desprovista de cualquier calidez familiar. Mateo obedeció con la cabeza baja, apretando las manos en los bolsillos de su sudadera azul. Al entrar a la sala, la luz era escasa; las pesadas cortinas de terciopelo verde estaban completamente cerradas. En el centro de la habitación, sentados alrededor de una mesa de centro baja, había dos hombres que Mateo jamás había visto en el barrio. Uno de ellos, un sujeto de rostro pálido y una cicatriz que le cruzaba la ceja, fumaba un cigarrillo cuyo humo flotaba como un fantasma en el aire. El otro, más joven y robusto, revolvía una baraja de cartas con una destreza hipnótica.
—Vaya, por fin llegó el pequeño amuleto —dijo el hombre de la cicatriz, lanzándole una mirada que hizo que a Mateo se le erizara la piel.
—Déjalo en paz, Sergio. Hagan lo suyo y lárguense antes de que su madre vuelva —gruñó Braulio, sentándose en su sillón individual, desde donde dominaba la habitación como un juez en su estrado.
El angustioso secreto de Mateo no tenía que ver con monstruos de fantasía, sino con una realidad mucho más siniestra. Don Braulio, consumido por las deudas de juego y una vieja adicción a las apuestas clandestinas que Carmen creía superada hacía años, había convertido su hogar en un casino ilegal para criminales de baja estofa. Pero eso no era lo peor. Lo verdaderamente terrorífico para Mateo era que, desde hacía un mes, su abuelo lo utilizaba a él.
Sergio, el hombre de la cicatriz, creía ciegamente en la «pureza y la suerte de los inocentes». Obligaban al niño a sentarse al lado de los jugadores, a tocar las cartas antes de ser repartidas o a elegir números al azar en llamadas telefónicas donde se apostaban miles de pesos. Si los hombres ganaban, Mateo recibía un billete arrugado que su abuelo le quitaba de inmediato. Pero si perdían… las miradas de odio y las amenazas veladas de aquellos desconocidos hacían que el niño pasara las noches temblando en su cama. Además, Sergio le había advertido explícitamente la última vez: «Si le dices una sola palabra a tu mamá, buscaremos a esa linda muñeca y nos encargaremos de que no vuelva a caminar a su trabajo. ¿Entendido, muchacho?».
Mateo se sentó en el taburete del rincón, su escondite habitual, encogiéndose para intentar volverse invisible. El sonido de las fichas de póker chocando entre sí comenzó a llenar el silencio de la tarde.
A diez kilómetros de allí, en la fábrica, Carmen no podía concentrarse. Sus dedos erraban sobre el teclado de la computadora. La frase de su hijo se repetía en bucle en su mente: «Siempre hay gente extraña en su casa».
Recordó pequeños detalles que antes había pasado por alto debido al cansancio: el olor a tabaco rancio en la ropa de Mateo al recogerlo, las ojeras profundas del niño, y la forma en que su padre, Braulio, siempre la recibía en el porche, impidiéndole el paso hacia el interior de la vivienda con la excusa de que «la casa estaba desordenada».
Una alarma interna terminó de encenderse en su pecho. «Al diablo el trabajo», pensó. Se levantó de su silla, tomó su bolso y caminó hacia la oficina de su supervisor. Inventó una emergencia médica y, sin esperar respuesta, salió corriendo hacia el estacionamiento. Su corazón latía a una velocidad alarmante.
En la casa de don Braulio, la tensión había alcanzado su punto máximo. La mesa estaba llena de vasos de whisky vacíos y ceniceros desbordados. Sergio iba perdiendo una suma considerable de dinero frente al otro hombre, y su temperamento se estaba tornando violento.
—¡Es el maldito niño! Hoy me está trayendo mala espina —gritó Sergio, golpeando la mesa con el puño. Las fichas saltaron por el aire.
Mateo se sobresaltó en su rincón, conteniendo las lágrimas.
—Cálmate, Sergio, es solo un juego —intervino Braulio, aunque su propia voz temblaba. Sabía de lo que ese hombre era capaz.
—¡No me calmo un carajo, viejo! —Sergio se levantó de la silla y caminó a grandes zancadas hacia Mateo. Lo tomó bruscamente del brazo, levantándolo del suelo—. Ven aquí, mocoso. Vas a barajar tú mismo esta vez. Y más te vale que me salgan los ases, o tú y tu abuelo van a aprender lo que pasa cuando me roban la suerte.
—¡Suéltame! ¡Déjame! —gritó Mateo, pateando al aire. El terror acumulado durante semanas estalló en un llanto desesperado.
—¡Cállate la boca! —rugió Sergio, levantando la mano libre para darle una bofetada.
En ese preciso instante, el sonido violento de unos frenos chirriando sobre el asfalto se escuchó desde la calle, seguido inmediatamente por el impacto seco y brutal de alguien empujando la puerta principal.
Carmen no había usado su llave; había empujado la puerta con todo el peso de su cuerpo al escuchar los gritos de su hijo desde el jardín. La pesada cerradura cedió con un crujido de madera astillada.
Al entrar a la sala, la escena que presenció la congeló por un segundo: el humo espeso, las botellas, la mesa de juego, su padre encogido en su sillón y un hombre corpulento sujetando a su pequeño hijo del brazo con intenciones de golpearlo.
El miedo de Carmen se transformó instantáneamente en una furia ciega y maternal.
—¡Suelta a mi hijo! —gritó con una voz que no parecía la suya.
Sin pensarlo, Carmen tomó un pesado jarrón de cerámica que decoraba el pasillo de entrada y avanzó hacia Sergio. El hombre, sorprendido por la irrupción, soltó a Mateo. Carmen no dudó y lanzó el jarrón con todas sus fuerzas. El objeto impactó en el hombro de Sergio, haciéndolo retroceder y trastabillar contra la mesa, destrozando los vasos de vidrio.
—¡Mateo, corre al auto! ¡Ahora! —chilló Carmen, interponiéndose entre los hombres y su hijo.
Mateo, libre del agarre, corrió hacia la salida como si su vida dependiera de ello, sollozando pero obedeciendo ciegamente a su madre.
Sergio, enfurecido, se puso en pie limpiándose la sangre de un pequeño corte en el cuello. El otro jugador, viendo que la situación se había salido de control y que la policía no tardaría en ser alertada por el escándalo, tomó su chaqueta y su dinero de la mesa.
—Yo me largo de este circo, Braulio. Arregla tus malditas deudas tú solo —dijo el hombre, saliendo a toda prisa por la puerta rota, pasando de largo junto a Carmen.
Sergio miró a Carmen con ojos asesinos.
—Te va a costar muy caro esto, mujer —amenazó, dando un paso hacia ella.
—¡Atrévete a dar un paso más y juro por Dios que no saldrás vivo de esta casa! —Carmen sacó su teléfono celular con la mano temblorosa pero firme—. La policía ya viene en camino. Les di la dirección exacta antes de bajar del auto. Saben que hay una timba ilegal y agresión a menores.
Braulio, con el rostro pálido y las manos temblorosas, finalmente reaccionó. Se colocó entre Sergio y su hija.
—Vete, Sergio. Por favor, vete. Ya causaste suficiente daño —suplicó el anciano, dándose cuenta por fin del abismo al que había arrastrado a su propia familia.
Sergio miró a ambos, evaluando sus opciones. El sonido lejano de una sirena policial comenzaba a subir por la avenida principal. Con una maldición entre dientes, el criminal empujó a Braulio a un lado, pasó junto a Carmen propinándole un golpe con el hombro y salió huyendo por el callejón trasero de la vivienda.
La sala quedó en un silencio sepulcral, solo roto por el zumbido del aire cargado de humo y el llanto lejano de Mateo que esperaba en el coche.
Carmen miró a su padre. El hombre que la había criado parecía ahora un desconocido marchito, un extraño consumido por la miseria moral.
—¿Cómo pudiste? —preguntó Carmen, con la voz rota por el dolor de la traición—. Era tu nieto. Te lo confié porque eras mi padre.
Braulio bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.
—Tenía deudas, Carmen… me amenazaron con quemar la casa… yo no quería que le pasara nada a ustedes… —intentó justificarse, con lágrimas de cobardía corriendo por sus mejillas arrugadas.
—No vuelvas a acercarte a nosotros.