Una mujer despierta inesperadamente en una morgue - Dramas de hoy

Una mujer despierta inesperadamente en una morgue

El eco del portón de metal sellando la salida aún resonaba en el frío aire de la morgue. Durante tres eternos minutos, el único sonido en la sala fue el pitido sordo de las luces fluorescentes y la respiración entrecortada del anciano patólogo.

El doctor se aferró al borde de la mesa de acero inoxidable, con las manos temblando violentamente dentro de sus guantes de látex. Miró a la mujer que apenas unos instantes atrás yacía helada e inerte como un cadáver. Ahora, ella estaba completamente incorporada, sus ojos oscuros chispeantes con una mezcla tóxica de rabia y determinación.

—¿Quién… quién es usted? —logró formular el médico, su voz reducida a un hilo tembloroso—. El reporte de la ambulancia decía que no tenía pulso. Las pupilas no reaccionaban. El rigor mortis…

—El rigor mortis era una ilusión, doctor —interrumpió ella, bajando las piernas de la camilla metálica. Sus pies descalzos tocaron el suelo helado sin que pestañeara—. Una dosis perfectamente calculada de neurotoxina paralizante derivada de la tetrodotoxina. Detiene el ritmo cardíaco a niveles imperceptibles para el instrumental básico y congela la musculatura. Un truco antiguo, pero efectivo cuando necesitas desaparecer.

El doctor retrocedió un paso, tropezando levemente con el carrito de bisturís.
—Ese hombre… el que acaba de salir…

—Ese hombre es Julián —dijo ella, apretando los puños mientras la circulación regresaba por completo a sus extremidades—. Mi socio. Mi esposo. Y la persona que creyó que podía quedarse con todo mi imperio administrándome ese veneno en mi copa de vino durante nuestra cena de aniversario.

La mujer se puso de pie. Se quitó la sábana blanca que la cubría y la dejó caer al suelo. Llevaba puesta la ropa con la que había sido ingresada: un elegante traje de seda ajustado, arrugado pero intacto. Se acercó al gran espejo de visión unilateral del laboratorio y contempló su reflejo. Sus mejillas recuperaban el rubor natural a medida que el antídoto que se había autoinyectado antes de perder el conocimiento terminaba de neutralizar la toxina.

—¿Qué piensa hacer? —preguntó el médico, tratando de mantener la compostura—. Julián volverá. Pidió la orden de cremación. Si no entrego un cuerpo en unas horas, llamará a la policía o sospechará que algo anda mal.

Ella se giró lentamente hacia el anciano. Una sonrisa gélida y calculadora se dibujó en sus labios.

—No se preocupe por la cremación, doctor. Julián tendrá su incineración… solo que no será la mía.

La mujer caminó decidida hacia la zona de almacenamiento refrigerado al fondo del laboratorio. Pasó los dedos sobre las etiquetas de los cajones metálicos hasta detenerse en uno.

—Aquel hombre que entró ayer por la tarde, el N.N. hallado en el río —dijo ella, mirando la ficha—. Su complexión y peso son similares a los míos. Con los daños por descomposición que presenta, un par de horas en el horno incinerador reducirán todo a cenizas indistinguibles. Usted firmará el certificado, doctor. Dirá que la cremación se realizó según lo solicitado antes de que los familiares del difunto pudieran reclamar el cuerpo.

El doctor negó con la cabeza, horrorizado.
—¡Eso es ilegal! Es profanación de cadáveres, falsificación de documentos… Perderé mi licencia, iré a prisión.

La mujer se acercó a él hasta quedar a escasos centímetros de su rostro. Su mirada era como dos estacas de hielo.

—Usted perderá mucho más que su licencia si Julián descubre que sigo viva. Él no deja cabos sueltos. Cuando note que el trabajo no está hecho, volverá por usted. En cambio, si me ayuda a concretar mi muerte oficial, no solo le garantizaré su seguridad, sino que le transferiré dos millones de dólares a una cuenta en el extranjero antes de que termine la noche. Dinero suficiente para que se retire a una playa lejana y no vuelva a pisar una morgue en su vida.

El médico miró la bandeja de instrumental quirúrgico, luego el rostro impasible de la mujer y finalmente la puerta por la que se había ido el asesino. El miedo a la venganza de Julián pesó más que su ética profesional. Tras un largo silencio, tragó saliva y asintió.

—¿Cuál es el plan? —preguntó el doctor con resignación.

—Julián cree que mañana a primera hora recibirá la urna con mis cenizas y que tomará el vuelo privado de las 10:00 AM hacia Suiza para transferir los fondos de mi empresa a sus cuentas offshore —explicó ella, con una voz helada y metódica—. Cree que ha ejecutado el crimen perfecto. Que soy historia. Pero no sabe que el veneno no fue lo único que preparé esta semana.

Se dirigió al casillero de objetos personales donde guardaban sus pertenencias al ingresar a la morgue. Recuperó su teléfono móvil, escondido en un doble fondo de su bolso, y lo encendió. Una serie de alertas encriptadas iluminaron la pantalla.

—Mientras él cree que estoy en una bolsa para cadáveres, mis servidores están recopilando cada movimiento bancario que intente hacer con mis claves —continuó ella—. Pero la ruina financiera no es suficiente para Julián. Él intentó robarme la vida. Le devolveré el favor, paso a paso.

—¿Vas a entregarlo a la policía? —inquirió el médico.

—La policía le daría un juicio, abogados y una celda cómoda —respondió ella mientras se ajustaba el cabello frente al espejo—. No, doctor. Julián va a vivir el peor infierno que un hombre pueda imaginar. Va a ver cómo todo lo que ama, todo lo que construyó a costa de mi sangre, se desintegra frente a sus ojos, sin saber quién le está disparando desde las sombras. Pensará que se está volviendo loco. Pensará que el fantasma de la mujer que asesinó regresó para cobrar su deuda.

La mujer miró por última vez la camilla donde había estado tendida, tomó un abrigo negro colgado en el perchero del personal médico y se lo puso sobre los hombros.

—Prepare el cuerpo sustituto para la cremación de la mañana —ordenó la mujer mirando al médico fijamente—. Asegúrese de que Julián reciba esa urna de cenizas con sus propias manos. Quiero que sienta el peso del recipiente. Quiero que sonría pensando que ganó. Porque esa será la última vez en su vida que sonreirá con tranquilidad.

Sin decir una palabra más, la mujer abrió la puerta trasera de emergencia del laboratorio y se adentró en la oscuridad de la noche lluviosa. El juego de venganza acababa de comenzar.

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